MARCELO RAMÓN ACOSTA:

Marcelo Ramon AcostaUn médico de alma.

En medio de tantos problemas y de tanta crisis, la historia de Marcelo Acosta es un canto a la esperanza y representa un claro ejemplo de lucha y sacrificio en pos de cumplir un anhelo. Desde chico soñaba con ser médico y para lograrlo atravesó un sinnúmero de problemas y de necesidades, los cuales superó con la ayuda de su esposa y la fuerza que le dieron sus tres hijos.

LA LLEGADA A LA GRAN CIUDAD

Su mamá en misionera y su papá correntino. Marcelo nació en la provincia de Chaco, y allá por el año 1963, como ocurrió tantas veces en nuestra historia, dejó el norte para llegar con su familia a la ciudad de Buenos Aires en busca de oportunidades. “De ahí siguió un largo peregrinaje –recuerda Marcelo-. Estuvimos en la inundación que creo fue en el año 1968 del riachuelo. Entonces vivíamos en Ingeniero Bunge. Ahí teníamos una casillita y me acuerdo que en ese barrio por primera vez veíamos televisión. Me acuerdo de Titanes en el Ring. Esa inundación nos hizo perder todo, nos movió de ese lugar. Salimos en topadora  y fuimos a parar a un centro de fomento. Desde ahí nos vinimos a La Plata en donde teníamos familiares”.

En un comienzo pararon en la casa de los familiares y con el tiempo compraron un terreno en altos de La Granja, en donde construyeron su hogar.

“Antes de llegar a La Plata –continúa Marcelo-, hicimos un paso por San Francisco Solano. Ahí hice parte de la primaria. Después nos fuimos por cuestiones de trabajo de mi papá al barrio de  Congreso, a Rincón y Venezuela, pleno Buenos Aires. Él trabajaba como empleado en Fabricaciones Militares. Recién cuando estaba terminando la primaria nos mudamos a La Plata.

LA ESCUELA Y UN SUEÑO

Marcelo fue a muchas escuelas a lo largo de su peregrinaje, pero jamás dejó de estudiar. Él tenía un sueño que cumplir: “Era muy chiquito, de hecho me lo contaba siempre mi mamá –nos relata Marcelo-, y un día en San Francisco Solano yo estaba jugando afuera de la casillita en que vivíamos y mi mamá estaba lavando en un fuentón, en eso pasó una vecina y me preguntó qué quería ser cuando sea grande. Convencido le dije DOCTOR. La vecina riéndose comentó: miralo vos tan chiquito y con delirios de grandeza”. De ahí en más no midió esfuerzos para alcanzar su sueño.

En La Plata hizo la primaria en la Escuela San Juan Bautista de La Granja y la secundaria en el Colegio San Cayetano. Cuando estaba en cuarto año llegó el Servicio Militar y a causa de esto perdió un año de estudio. “Estuve en Esquel, Chubut y cuando volví me dijeron que tenía que trabajar. Igual terminé el secundario y quería seguir estudiando”.

Por esa época, en el ‘80 había examen de ingreso en la Universidad y en Medicina había un promedio de 10 mil aspirantes a ingresar. “Recuerdo que había cupos de 200 y la posibilidad de entrar a Medicina era muy remota –nos señala Marcelo-. Además el corte en el estudio a causa del ejército me había hecho perder ritmo de estudio. Pagar no podía, entonces me dijeron que con el 25 % de otra carrera universitaria como biología o ciencias naturales me podía pasar luego a medicina. Pero había que hacer ese 25 por ciento”.

Con ese objetivo, se inscribió en el Museo de Ciencias Naturales en donde había un cupo de 60 entre cerca de 2 mil aspirantes. “Ahí conocí a un profesor, Pepe De Santis, que me ayudó para el examen de ingreso y entré a estudiar ciencias naturales. Me alcanzó para entrar a Geología en el puesto 59 más o menos, pero entré”.

LA LLEGADA A MEDICINA

Mientras estudiaba en Ciencias Naturales, conoció a su esposa Carmen. “Ella tenía 19 y yo 23. Carmen venía de una desgracia personal, ya que habían fallecido sus padres y bueno, como no había las mimas fuerzas para seguir, se nos dio la oportunidad de trabajar en una ferretería de campo en Punta Indio. Además de la ferretería tenía una casa para cuidar, así que me casé y nos fuimos de caseros. Para todo esto llegué a los 26 años con ganas de seguir estudiando. Yo quería estudiar medicina. En Punta Indio estábamos muy bien, ganábamos bien, comíamos bien. Pero escuchaba la radio y decía que no podía ser, que tenía que lograr estudiar”.

Con la llegada de la democracia, llegó también el ingreso libre a la Universidad, y Marcelo  ingresó finalmente a Medicina junto a unos 5 mil alumnos. “Para ese entonces nos volvimos a La Plata. Con los ahorros y parte de la herencia que le correspondió a mi esposa, compramos en Montoro una esquina con casa en 600 y 119. Era la época del plan Austral. Acá era todo campo, no había nada de nada. Todas las calles eran de tierra y no estaba ni siquiera la 96 asfaltada. Para tomar un micro había que ir a calle 7 o a ruta 11. A mi esposa mucho no le gustaba pero venir acá tuvo sus ventajas y desventajas. Era grande, amplio, pero quedaba muy alejado de La Plata. Era una oportunidad y la aprovechamos”.

A pesar de contar con lo ahorrado con su trabajo en Punta Indio, una nueva crisis económica los dejó sin dinero en seis meses. Entonces, lejos de bajar los brazos, Marcelo  empezó a trabajar de todo lo que podía: de mozo, de lavaplatos, de enfermero.

“Los dos primeros años de la carrera fueron buenos –nos cuenta Marcelo-, pero en tercero se trancó la carrera de nuevo”.

TIEMPOS DE LUCHA Y SACRIFICIOS

Marcelo Ramon AcostaCuando muchos hubieran dejado todo y ante los gastos que le  demandaba su carrera, sin dejar nunca de velar por el bienestar de su familia, Marcelo multiplicó sus esfuerzos para lograr su objetivo. “Una vez pasaba por acá un verdulero de apellido Solari –recuerda-, y con diez dólares que me prestó un amigo y algunos pesitos que tenía, pusimos una verdulería. Con cada carrero que pasaba le comprábamos palos, chapas y construimos un ranchito para la verdulería. Con el tiempo lo fuimos cambiando de lugar, le hicimos contrapiso y agregamos un kiosco. Hasta que levantamos otra vez pasaron dos años. Con tres chicos tenía que trabajar. En el verano me iba a trabajar de guardavidas a la costa y con esa plata empecé a estudiar de nuevo. Estudiaba hasta que me alcanzaba la plata y luego tenia que volver a trabajar. Era un enorme sacrificio. Además para esa época me habían robado ya como catorce veces. Cada vez que avanzábamos nos robaban o pasaba algo. Me faltaban garrafas, envases y cosas del negocio, que para ese entonces era kiosco, almacén de rubro generales, juguetería, venta de ropa, bebidas, había de todo”.

A medida que avanzaba la carrera, había que aprobar materias troncales como Patología, para lo cual necesitaba tener una cierta continuidad y capacidad. Para entonces, Marcelo  tenía que remar con el negocio, para lo cual recibía ayuda de su esposa, y además estaban los tres chicos en edad escolar y había que costear esos gastos.

“Muchas veces me pasaba que faltando dos días para rendir –explica Marcelo-, a veces me robaban y eso influía a lo mejor en la nota. Llegamos al extremo de tener que hacer un esfuerzo, y para rendir clínica y bioquímica por ejemplo, pasamos un mes a té y torta frita. A pesar de tanto esfuerzo, a veces te tocaba una mesa difícil y te desaprobaban”.

En la última etapa de su carrera, Marcelo volvió a sufrir problemas económicos y cuando se avecinaba una nueva postergación, un amigo que tenia un Pool en Azul se lo prestó para ponerlo en el local con algunos juegos electrónicos que estaban muy de moda en ese tiempo. Entonces puso un bar y de ahí en mas empezó a trabajar de noche y a estudiar de día. “Cada noche era cerrar a la una, a las dos y a veces amanecía –recuerda-. Las noches que tenia que estudiar, me reemplazaba mi esposa. Yo estaba leyendo en mi habitación y cada vez que escuchaba el ruido de las bolas que caían cuando ponían la ficha, me alegraba porque era un pesito más que entraba”.

EL TÍTULO TAN ESPERADO

Además del bar, consiguió de la Facultad de Medicina una beca estudiantil para trabajar en la fotocopiadora y venta de apuntes. “Ganaba un sueldo de cuatrocientos pesos que me alcanzaba para vivir modestamente, y tener la certeza que llegaba a fin de mes –explica Marcelo-. Gracias a esto, en esos 500 días rendí catorce finales. Como empezaron algunos problemas políticos con la Franja Morada porque yo era del PJ, tuve que alejarme y dejar la beca. Con un empujoncito más rendí mis últimas dos materias juntas. Eran Interna 3 y 4. Yo no avisé a nadie, no dije nada, tampoco lo sabía el profesor, y por surte las aprobé con siete”.

Para ese entonces corría el mes de noviembre del año 1996 y Marcelo contaba con 36 años de edad. “Recuerdo que ese último año también fue muy difícil porque cursé todo el sexto año un pregrado. Hice un internado rotatorio en el Hospital Larrain de Berisso. Después de recibido entré a trabajar en el Hospital San Martín como médico de emergencias. En junio del año 1998 como quería perfeccionarme como médico, tuve la suerte que una ley ampliaba la edad hasta 45 años para poder hacer uso de la residencia. Doy examen y entro al sistema de residencia de medicina general. En ese momento se dá el nombramiento de todos los que trabajaban como médicos de emergencia y tuve que elegir si quedarme en el San Martín o seguir perfeccionándome. Sacrifiqué a mi familia tres años más, con 10 mil horas de entrenamiento, dos jornadas semanales de 36 horas, seis días a la semana 8 horas de entrenamiento por 700 pesos”

A los cuarenta años terminó la residencia de medicina general y a partir de ahí comenzó a  buscar trabajo, viajando a Río Negro y Chubut. “Estuve en Río Mayo, a 2.500 kilómetros de acá, pero como demoraba el nombramiento me tuve que volver porque había dejado acá a mi familia. Luego de probar suerte en Ingeniero Jacobacci, El Bolsón, Lago Mascardi, Esquel, Gobernador Costas, me radica en General Lamadrid, un pueblo de mil habitantes, con toda mi familia. Como no podía mantener las dos casas, la que había dejado acá y la de General Lamadrid y la situación no era la misma decidí volver”.

Ahora encaró con mucho sacrificio un proyecto personal para abrir un consultorio en su casa: “Quiero ser médico acá en mi barrio –continúa Marcelo-. Ya todos me conocen y la mayoría tienen muchas expectativas. Quieren que trabaje por obra social y que haya un médico de confianza acá en el barrio. Hoy por hoy conseguir trabajo en un hospital es muy difícil, por eso aspiro a poder trabajar y vivir en mi barrio. Para levantar el consultorio está trabajando toda la familia, como siempre”.

Con la sencillez y la humildad con la que luchó toda su vida para tener su título de médico,  Marcelo Acosta siente que su vida mejoró y lo enorgullece haber contado con la ayuda y el apoyo de su familia y de sus amigos y vecinos. “Como médico quiero devolverle al barrio lo mucho que me dio. Mucha de las cosas que construí acá, lo hice con ellos. Desde el año ’83 que empecé con la verdulería, todo lo que necesitaba lo conseguí con gente del barrio”.

Historias como estas nos alientan a no bajar los brazos a la hora de luchar por conseguir nuestros objetivos. La solidaridad y el apoyo de la familia y el barrio, combinados con el esfuerzo personal, son los ingredientes esenciales que nos harán ver con mayor optimismo nuestro futuro como sociedad.