HERMINIA CUQUETTI DE BLANCO:

"Aquí aprendí el valor de las pequeñas cosas."

Herminia Cuquetti de BlancoLa vida de Herminia está muy ligada a la tarea evangelizadora y solidaria del Oratorio Salesiano de Don Bosco ubicado en 96 entre 118 y 119, y por ende a la historia misma de Villa Montoro.

“Yo nací en la ciudad de Rosario –nos comenta Herminia-, nací cerca del monumento de la bandera. Allá hice toda mi escuela, estudie para maestra y gracias a Dios viví en un hogar en el que nunca pasé necesidades. Yo me relaciono con La Plata al morir mi padre, que hasta hoy lo siento porque yo tenía 15 años cuando murió y era muy compinche de él. Mi mamá era muy buena pero era muy recta. Entonces teníamos unos familiares acá y nos vinimos a La Plata y seguí mis estudios acá también. Después me casé con mi esposo que es de Rosario, tuve 4 hijos y tengo una familia muy linda, ahora con nietos”.

SU LLEGADA A MONTORO

“A mí me trajo un padre salesiano a esta capilla, el padre Anselmo Gáspari –recuerda Herminia-, que me preguntó si conocía el barrio y la capilla y yo no lo conocía. En ese tiempo yo iba al sagrado corazón, mis hijos iban al normal 3 y al 2, y mi hija la más pequeña iba a cumplir 9 años cuando yo la anoté en el conservatorio porque a ella le gusta mucho el arte y por eso llegué al Sagrado Corazón porque mis niños iban al normal y yo estaba todo el día por ahí. Así me relacioné con los salesianos. Todo lo que he aprendido sobre el barrio y sobre la capilla se lo debo a la familia salesiana. Hace más de veinte años que estoy trabajando, casi toda una vida. Cuando vine las calles eran de barro, no había luz y cuando llovía no se podía cruzar la calle. Veníamos caminando de ruta 11 para acá y éramos un grupo muy lindo. En cada etapa se ha trabajado muy bien. Cuando llegué me impactó mucho la gente, su humildad, que a pesar que vos entrabas a una casa en la que la pobreza era total, que cuando llovía se inundaba la casa, y esa gente que a lo mejor tenía nada más que un pan, lo sabía compartir con el que llegaba. Si bien yo tuve la suerte de no pasar por eso, llegar al barrio me enseñó muchísimo, me fortaleció en todo sentido y ya no pude dejar esto”.

UN BARRIO LLENO DE CARENCIAS

Villa Montoro nace en la década del ’70 con el loteo de las tierras pertenecientes a la sucesión de la Flia Montoro, merced a la autorización de su administradora Abigail Montoro. El loteo original abarcó la zona comprendida por las calles 1 a 122 y de 95 a 98. En el año 1975 en una parcela donada a tal fin en calle 96 entre 118 y 119, se levantó el Oratorio Salesiano de Don Bosco cuyo primer sacerdote fue el Padre Lario. Por esos años se funda también el club Villa Montoro en 118 y 96. En sus primeros años, se accedía a ese reducido grupo de casas cercanas al Oratorio por la calle 96 desde Ruta 11.

“Villa Montoro era campo –nos explica Herminia-, estaba el club, la casa de al lado de la capilla y después había muy pocas casas. Era mucho campo. La escuela estuvo después, o sea que era todo campo. Cuando llovía para entrar teníamos que sacarnos los zapatos, nos remangamos los pantalones y veníamos así para poder llegar con el pan acá. En las calles no había luz, esta luz de mercurio la pusimos nosotros, el pavimento vino después con el tiempo. Cuando nosotros vinimos este salón que esta ahí atrás de la capilla tampoco estaba, lo hicimos todo a fuerza de pulmón, es como mi vida esto”.

LA VOCACIÓN

Herminia abrazó con cariño al barrio y a su gente y dedicó muchas horas de su vida a ayudar a los más humildes y necesitados. “Doy gracias a Dios por la familia grande que tengo, por el aguante que me hacen, porque si hay un cumpleaños siempre llego tarde hasta para la torta. Tengo a mis hijos que son profesionales. Tengo una hija que es directora y dirige cuatro coros viajando por todos lados. Cuando dirigió hace poco a la banda de Gendarmería en el Senado la fui a ver y me emocionó mucho porque una recuerda aquellos años de sacrificio, de ir y venir. Mi esposo trabajaba en YPF, era maestro y yo estaba sola con mis hijos, así que todo lo que estudié se los volqué a mis hijos. Trato con mi actividad de no robarle horas a mis hijos y a mis nietos ya que todos los sábados y domingos nos juntamos. No se como hago pero puedo hacerme tiempo para todo. Cuando vos haces algo que te gusta, que te hace sentir útil, sacas el tiempo y seguís para adelante. Ha habido Noches Buenas que hemos tenido esa alegría que nos han regalado pan dulce y algunas sidras y con una señora ya fallecida, Olga Sarabia, nos ha encontrado la Noche Buena a las once y media de la noche repartiendo las cosas en el barrio”.

A lo largo de su labor, Herminia experimentó muchas vivencias que son el motor que día a día la impulsan: “Un día de verano –recuerda- venía cruzando el campo de atrás de la capilla con una bolsa de pan y por allá lejos siento que me llaman. Me dicen vení y tomate un jarro de agua fresca. Llegué hasta la casa que era de chapa y cartón, tenía una bomba, un tronco de árbol para sentarse y una lata de durazno para tomar agua. Te puedo asegurar que esa agua fue la más linda que tomé en mi vida. Esas cosas se guardan en el corazón porque cuando nos llamen allá arriba vamos a ir con las manos vacías pero con el corazón lleno de dicha. Los chicos te traen un ramito de flores, dibujitos y el amor que me tienen es el que nos ganamos todos los que trabajamos acá. Todos los salesianos que han venido acá se han embarrado los pies. Eso es lo que me gusta de ellos, la entrega y la dedicación que tienen, porque vienen al barrio a caminar y entran en las casas y conocen de cerca las necesidades de la gente. El sacerdote tiene que salir a caminar. Una vez un seminarista que vino me dijo: esta es la materia que más aprendemos y que quizás dentro del seminario no la podemos vivir porque en el barrio está el Evangelio”.

Su vocación la ha llevado sin dudas a conocer de cerca la pobreza y las necesidades de la gente. “No hay que ir muy lejos para ver la pobreza –nos señala-. Muchas veces cuando vuelvo de noche veo a los chicos durmiendo en la calle o gente revolviendo basura y pienso si hay una noche buena para ellos o un día del niño. Acá festejamos el día del niño con una linda fiesta por las cosas que trajeron los padres salesianos o en otros hogares salen a pasear o a comprar algún juguete... ¿Y los chicos esos que te digo, que no tienen que comer?. ¿Qué pasa con ellos el día después del día del niño?. Yo quiero que los chicos que vienen acá el día de mañana puedan salir a la vida con esfuerzo, porque todo se logra con esfuerzo. Cuando recorremos el barrio no preguntamos si son católicos o si creen en Dios, las puertas de la capilla están abiertas para todo el mundo. Nunca cuando llegué a un hogar renegaron de Dios o no agradecían lo que tenían. Y tenían agujeros en las chapas, no tenían luz, no tenían agua, sus niños estaban  descalzos, no tenían comida digna todos los días en la mesa... eso me costaba entenderlo, me dolía mucho, pero nunca retrocedí”.

LA EDUCACIÓN COMO PRIORIDAD

Herminia pertenece a las conferencias vicentinas San Vicente de Paul. Por medio de la Conferencia que es mundial, se ayuda a las familias más necesitadas pero no solamente con una bolsa de alimentos, sino que se pone un especial énfasis en la educación. “Yo digo que un pueblo que no tiene educación siempre va a ser un pueblo sometido como los que tenemos. Yo he viajado por Colombia, e viajado por Panamá y he visto a los niños que parecen esclavos sin cadenas. También en Argentina hay mucha gente que son esclavos sin cadenas. No concibo que cada día se abran más comedores o que haya gente con carritos juntando la mugre que tiramos nosotros. Desde mi lugar quiero darles una esperanza distinta a los chicos. Tenemos una casa universitaria donde vienen de toda la república y de naciones limítrofes a estudiar, porque sus papás no le pueden pagar una pensión. Muchos de esos chicos se han recibido de médicos, odontólogos, ingenieros y yo tengo un orgullo muy grande porque aunque sea un puñadito de esos jóvenes serán el fruto de mañana. Si muchos chicos estuvieran bien alimentados sería otra la realidad, pero con un vasito de leche que les podamos dar no vamos a remediar los problemas neuronales y de aprendizaje que van a sufrir el día de mañana a causa de la desnutrición. Creo que cada uno desde su lugar puede hacer algo. Yo y esta comunidad desde Montoro y cada uno desde su lugar podemos cambiar esto. Tengo fe en que esto va a cambiar. Sin fe no tendríamos la fuerza que nos empuja día a día. Muchos de los chicos que ahora están de maestros han estudiado la primaria y la secundaria con la ayuda de este grupo de salesianos y ahora vuelven para transmitirles a los más chicos sus vivencias”.

UNA ACTIVIDAD QUE NO PARA

En todos estos años, este grupo de voluntarios no han bajado nunca los brazos y se han multiplicado para brindar una mejor contención y ayuda a las familias más necesitadas. “Cuando se fue el padre Anselmo Gáspari, atrás del oratorio estaba la base del salón en donde ahora está la cocina y a fuerza de mucho empuje, haciendo bingos y quermeses salimos adelante y terminamos el salón. De ahí seguimos hasta ahora agregando cosas y servicios por la gente y por los chicos. La escuela de adultos funciona todos los días a partir de las 13 horas hasta las 17 y asisten muchas personas adultas que no saben leer ni escribir. También enseñamos inglés, cursos de tarjetería, peluquería, corte y confección. Muchas de las madres hoy están trabajando de lo que han aprendido acá. Cuando terminan la escuela primaria se le han dado becas para ir a la escuela secundaria al Sagrado Corazón. O sea que desde esta capillita tan humilde estamos luchando para que la gente no pierda más su dignidad, para que salga y tenga una meta a donde llegar. Yo les digo a los chicos más grandes que no dejen nunca de estudiar porque vamos a tardar mucho en llegar pero se llega. Por eso hay que incentivarlos porque muchas veces desde el hogar de ellos no se puede porque hay otras necesidades que tapan esas metas. Con lo poquito que vos tenés a veces le podes ayudar a esa gente a recuperar su dignidad enseñándole un oficio, a hacer un horno de barro o su propia quinta para procurarse alimentos. Hay que forjar el trabajo”.

Clara, directa, con un inmenso amor hacia el prójimo, Herminia se ha ganado el cariño de todos aquellos que han tenido la suerte de conocerla enseñando, caminado el barrio o simplemente llevando una palabra de aliento a aquellos que lo necesitan.

“Me ha tocado la suerte de estar junto a un grupo maravilloso –señala Herminia-. En este momento está el Padre Osvaldo Gracia, Alejandra que es catequista, Claudia, la señora Pichi que atiende los bautismos, Ana que da las charlas de bautismo, La señora Teo que fue una de las primeras en estar en el oratorio cuando acá no había nada y hacían las misas en el campo. Acá hubo mucha gente con la cual trabajamos y salíamos a recorrer el barrio. Para mí esta capilla es una facultad con materias que no tienen finales, sino que se sigue aprendiendo toda la vida. Dentro de toda la escuela y toda la enseñanza que yo he tenido, esta fue la Facultad más grande. Acá aprendí a no tener orgullo por mí misma. Aprendí el valor de las pequeñas cosas. Aprendí que todos tenemos los mismos derechos y que somos todos iguales ante Dios. Aprendí la fuerza que te da la gente, a compartir, a escuchar en silencio el canto de un pájaro. Aprendí a agradecer a Dios todos los días estar viva, el tener salud, tener una linda familia que me banque y el tener esta hermosa comunidad a la que tanto quiero”.