MIGUEL CHIMENTI:El primer electricista del barrio.
SU TERRUÑO Las décadas del '30 y '40 fueron épocas muy duras en la vida de Miguel. Eran los tiempos de hambre y de trabajo arduo, enmarcados en la violencia y sufrimientos de la guerra. "En el año '32 me escapaba de la escuela para ir a aprender de canastero -recuerda Miguel-. Con el mimbre que me daban yo hacía canastitos chiquititos y se los vendía a uno o a otro y hasta los regalaba. Las mujeres iban a juntar el mimbre y lo traían y se hacían canastas. Había uno que hacía vinos en la zona y tenía 50 damajuanas de vino para vestir, y me preguntó cuanto le cobraba por cada una. Yo le cambiaba por cada damajuana un litro de vino porque mi viejo tomaba un litro de vino por día, yo era muy chico para tomar". Al igual que muchos de su edad, Miguel hizo hasta tercer grado en la escuela y luego se puso a trabajar desde muy chico. Ya de joven tenía la idea de viajar a la Argentina donde tenía a su abuelo, pero por su corta edad no lo autorizaban a viajar. En el año 1945 contrae matrimonio con una muchacha de su pueblo, María Saullo, con quien cumplió el pasado 12 de marzo 60 años de casados. Por aquellos tiempos existía la costumbre que los padres se ponían de acuerdo y casaban a sus hijos aún sin el consentimiento de ellos. Y eso fue lo que pasó con Miguel y María. "El cura del pueblo hacía todos los trámites para casarse y un día me dice que tenía que ir 25 kilómetros desde mi pueblo hasta Cosenza a firmar unos papeles porque sin esos papeles de la curia no me podía casar -continúa Miguel-. Los micros no andaban porque había un metro de nieve, entonces me levanté como a las tres de la mañana y me llevaba abajo del brazo un sánguche de jamón. Esa noche había caído una fuerte helada y a pocas cuadras de casa me resbalo y me caigo, quedando agarrado a una planta. Quedé todo adolorido y cuando me levanté dije me voy para la cosecha y el domingo no me caso nada. Justo pasó un hombre que llevaba carbón a la montaña y que iba todos los días a Cosenza. Entonces me llevó y pude firmar los papeles. Cuando llego a la casa a la tarde había como cinco o seis mujeres haciendo fideos para la fiesta de casamiento". María, su esposa que está a su lado desde entonces, recuerda que amasaron todo ese día macarrones como para cincuenta personas y ella tenía apenas 18 años de edad. "No recuerdo mucho porque era chica agrega su esposa María-. Eramos bastante ignorantes en esos pueblitos que estaban al pie de la montaña, yo no sabía la hora del reloj. Me prestaron un vestido blanco que después devolví y el primer beso que me dio fue la noche que me casé porque cuando estábamos juntos se sentaban mi mamá y mi suegra en el medio de nosotros. Eran muy severos y te decían este chico te conviene porque es bueno, trabajador y vos te tenías que casar. Ahora cumplimos 60 años de casados de los cuales solo estuvimos separados 17 meses cuando él vino acá hasta que pude viajar. Si Dios me lo mandó a mi lado por algo será y hasta el día de hoy lo cuido como si fuera un bebé". Durante la guerra, todos los años la municipalidad mandaba agrimensores a medir los terrenos y los propietarios tenían que pagar un impuesto según lo que medía. "Una vez nos hicieron una multa a 18 familias que teníamos que pagar una cien liras -nos explica Miguel-. Tuve que poner un abogado y por esa razón no me querían dar el pasaporte. Finalmente después que se solucionó todo pude viajar. Por ese tiempo yo quería ir a la guerra. En el año '40 se hacía el entrenamiento todos los sábados a la tarde y había vacantes para ir a la aviación, al ejército… Yo estaba como capataz, me levantaba a las cuatro de la mañana y me acostaba a las diez de la noche. Tenía ovejas, bueyes, hacía aceite. Como trabajaba bien, cuando el patrón se enteró que me venían a buscar, me lleva engañado al sótano y me cierra con llave en complicidad con mis padres". El destino quiso que Miguel no siguiera el camino de muchos jóvenes de su pueblo que murieron en el frente de batalla, y le regaló la oportunidad de buscar junto a su familia un mejor futuro en tierras lejanas. LA LLEGADA AL PAIS "Yo tenía viviendo acá a mi abuelo y mis tíos, entonces me manda a llamar el abuelo en el año '36 y cuando pedí autorización a Roma para poder viajar me dijeron que no porque era chico y era un viaje muy lejos". Finalizada la guerra, Miguel finalmente viaja a la Argentina en diciembre del año 1948 dejando en Italia a su esposa embarazada y a su hija Rossana, quienes viajarían recién en abril del año 1950, luego de nacido su segundo hijo Mario. "Vinimos a La Plata a la calle 11 y 68 a la casa de mi abuelo, tres hermanos y un cuñado mío. Ni bien llegamos nos dijo que descansáramos que al otro día empezábamos a trabajar. Al otro día fue de un vecino y nos dio una pala a cada uno para puntear todo un terreno. Mi abuelo me decía que tenía que juntar dinero para ir a buscar a mi esposa y mis hijos a Italia. En ese entonces nos salió una oportunidad de ir a trabajar al sur. Era muy buena plata que pagaban pero cuando viene una camioneta de Gas del Estado a buscarnos para ir a trabajar al sur, mi abuela los echa porque pensaba que si nosotros nos íbamos al sur nos casábamos con alguna mujer allá y dejábamos en Italia a nuestras esposas con los chicos". Cuando Miguel vino de Italia hizo changas de albañil y luego entró a la Compañía Argentina de Electricidad (CADE) por el año 1949. "Para ese tiempo trabajaba en una fundición en diagonal 80 donde ahora está el Bingo, donde ganaba más dinero, pero mi tío me hizo entrar a CADE porque en poco tiempo me decía, iba a sacar más. Y fue así". Por suerte siempre recibieron el consejo de dos tíos, Antonio De Luca y Saverio Lofeudo, que los ayudaron a buscar un lugar para comprar un terreno y a trabajar y ahorrar. Así fue como juntó el dinero y pudo mandar a llamar a su familia. VILLA CHIMENTI Corría la década del '50 y Miguel junto con sus hermanos, compró en un loteo media manzana de la calle 98 de 8 a 9, a pocos metros donde habían comprado sus abuelos. Como eran cinco hermanos varones que vivían en el barrio, con el paso de los años le decían en broma Villa Chimenti. "Yo trabajaba en CADE -recuerda- y mi tío vivía acá en la zona. Un día me invita a venir al remate que se hacía acá pero yo no tenía dinero. Igual mi tío Saberio y mi tío Antonio que nos guiaban en todo, me trajeron para que comprara en el remate. Primero compramos lo mío que tenía unos veinte metros de frente. Compramos en block y con el tiempo lo subdividimos y vamos pagando las cuotas. La primera casa que se levantó fue la mía, y venían todos mis hermanos y ayudaban. Después seguíamos con la del otro. Cuando llega mi esposa acá, vino con mi hijo de once meses que yo no lo conocía porque me vine cuando ella estaba embarazada. De la zona me gustó la tierra, porque de donde veníamos era todo piedras. Además vivíamos cerca de mi familia. Igual extrañábamos a los que dejamos en Italia. Cuando llegamos acá hablábamos en dialecto y cuando íbamos a comprar al almacén el Paisanito que estaba en 7 y 602 y uno le pedía un panne de sappone no me entendía. Cuando le describía lo que era me decía ¡ah, un jabón!. La estafeta postal estaba en 7 y 605 y cuando llegaban cartas de Italia las teníamos que ir a buscar allá. La única comunicación que teníamos eran las cartas hasta que pusieron un teléfono público en el kiosco de Pérez, el primero que hubo en la zona, dónde le hicimos una cabina de material con una puerta con llave que la esposa de Pérez iba y abría cuando uno quería hablar". CAMPO Y OSCURIDAD
Si bien no había terminado la escuela primaria y había empezado a trabajar desde muy chico, Miguel era sumamente hábil para aprender. Con el tiempo, se convirtió en un solicitado albañil y electricista, siendo el primer instalador que tuvo el barrio cuando llegó la luz a la zona. EL CLUB Y LA ESCUELA 23 Miguel siempre colaboró con su esfuerzo para mejorar el barrio, integrando la comisión de un club que todavía algunos recuerdan en la esquina de 7 y 600 y participando en la cooperadora de la Escuela 23, en donde dejó un gratísimo recuerdo. "En la esquina de 7 y 600 había un club llamado Estrella Xeneise que duró unos cinco años -nos explica-, del cual participé integrando la comisión directiva. Teníamos mesas plegables, sillas de madera y el piso era de tierra. Ahí hacíamos bailes y la ganancia la sacábamos de la venta de chorizos. Me acuerdo de venían grupos a tocar en vivo y para los carnavales las fiestas que se hacían ahí eran tan famosas que venían de todos lados. Como el piso era de tierra se levantaba una polvareda bárbara, por eso le decían Tierrita. Por esa comisión cuando estuve yo, pasaron entre otros Ciafardo, Carpintero, Goteli y Olivetto que era el presidente". Con el tiempo, Miguel se sumó con un grupo de vecinos a la cooperadora de la Escuela Nº 23 de 7 y 601, en la época en que se hicieron importantes obras de ampliación en el establecimiento. En ese entonces se ampliaron las aulas y gracias a las gestiones realizadas por la cooperadora se consiguieron materiales, poniendo la mano de obra los mismos vecinos. Miguel puso su oficio al servicio de la escuela y ayudó entre otras cosas en la instalación de los sanitarios, en la construcción de las aulas y el patio y con la instalación de un motor para el agua por ejemplo. "Mucha gente colaboró con la escuela: Pérez, Berman, Manganiale, Sívori, colaboraban los esposos de las maestras y de la directora. Recuerdo que la escuela recibió un subsidio de provincia pero no había mano de obra. Así que las paredes las levantamos nosotros. Hicimos las aulas nuevas con tres puertas corredizas para abrir y que quedara un salón de actos en donde se hacían fiestas para recaudar fondos para la escuela. Cuando se cerraban quedaban tres aulas. Después nos movíamos mucho para conseguir las cosas, por ejemplo para las fiestas patrias nunca les faltó a los chicos el chocolate y las facturas. Durante una fiesta grande que duró como dos días, se hicieron sortijas, palo enjabonado, una quermés enorme donde participaba todo el mundo y sobraron un montón de salchichas que empezamos a rematar. Como un chico la estaba rematando muy barato, el marido de la directora me pidió que subiera yo que le sacaba más plata. Yo después le rendía todo lo recaudado y no faltaba ni un centavo. Llevaba el control de todo". Como Miguel tenía el taller de electricidad en su casa, cuando se rompía algo en la escuela, lo iban a buscar enseguida para arreglarlo. "De arriba del techo de mi casa se veía la escuela y yo controlaba cuando se oía algo. De mi casa a la escuela no había nada, así que se veía todo". JUBILADO Y ARTESANO Miguel se jubila el 1º de mayo de 1979 y como ganaba poco recuerda los canastos que había aprendido a hacer en Italia cuando era chico y empezó a hacerlos. "Como no me alcanzaba la jubilación empecé a hacer canastitas y le pedí a mi hija Rossana que me las vendiera". Con el tiempo le consiguen un puesto en plaza Italia a comienzos de la década del '80. Con un Fiat 128 celeste se iban hasta allá y tejían las canastas a la vista de la gente y las vendían con gran éxito. "Ese oficio que aprendí a los doce años cuando me escapaba del colegio me sirvió después de jubilarme para juntar en cuatro años el dinero suficiente para poder volver después de cuarenta años a nuestra tierra y quedarnos seis meses. Luego un familiar nos avisa que había un remate de un lote en Mar de Ajó y junto a dos de mis hijos lo compro. Me voy para allá y empiezo a levantar una casa. Luego María se saca un auto en un premio de Acindar y con el dinero que sacamos de venderlo compramos otro chalet en Mar de Ajó con un departamento en el fondo". Por esa razón, un día dejan la feria y deciden mudarse a Mar de Ajó donde viven desde hace siete años en forma definitiva. Son muchos los extranjeros que han elegido este país para vivir y formar sus familias y gracias a su trabajo y tesón se han convertido sin dudas en una importante parte de nuestra historia como Nación. Casado hace 60 años con María, con tres hijos: Rosanna, Mario y María Rosa, 5 nietos: Pablo, Analía, Anahí, Favio y Agustín, y 2 biznietos: Joaquín y Melina, Miguel Chimenti ha dejado una huella imborrable en la comunidad y ha sabido ganarse el cariño de todos aquellos que lo recuerdan con su bicicleta y su caja de herramientas transitando las calles de su querido barrio. |

Miguel Chimenti nació un 6 de enero de 1923 en un pequeño pueblito de Italia llamado Parantoro, Montalto Uffugo, provincia de Cosenza, Región de Calabria. De muy joven llegó a La Plata, radicándose definitivamente en calle 98 entre 8 y 9. Miguel fue el primer electricista que tuvo el barrio y fue un importante colaborador de la cooperadora de la Escuela Nº 23 ubicada en 7 y 601. Con él conversamos sobre su vida, los recuerdos de su tierra y sobre el importante trabajo que realizó a favor de la comunidad.
Cuando Miguel compró en la zona junto a sus hermanos, el paisaje de la calle 90 hacia el fondo era de quintas y tambos y de noche reinaba la oscuridad, ya que no había luz eléctrica en todo el barrio. "Acá en la zona no había nada de nada. La calle 98 estaba atravesada por una tranquera, tenía a mi abuelo viviendo en la esquina, estaban en la zona los Mayocchi, Pastor, Pérez… éramos muy pocas familias y después era todo campo. Para ahorrar dinero me iba para todos lados en bicicleta. Me acuerdo que ahí en 7 y 94 había un puente de madera sin barandas y cuando volvía de noche a casa como la luz de la bicicleta no alumbraba mucho, tenía que esperar que pasara algún auto para que me alumbrara y poder llegar porque no se veía nada. No había luz eléctrica, pero con el tiempo teníamos una batería que se cargaba con un molinito que me instalé en casa. Después con un generador con un motor naftero teníamos luz en casa". Gracias a la habilidad de Miguel, su familia pudo disfrutar por ejemplo de tener una aspiradora, un televisor, su hija mayor que estudiaba peluquería adquirió un secador de pelo… Su casa fue una de las primeras en tener electricidad y era la única que tenía televisor. Por esa razón era muy común que los sábados a la noche se llenara de gente para ver Titanes en el Ring o El Muñeco Maldito con Narciso Ibáñez Menta. "Cuando terminaba la del muñeco, que era de terror -nos comenta Miguel-, después las parejitas más jóvenes se tenían que volver hasta la casa en total oscuridad y nunca faltaba un gracioso que se escondía para asustarlos".